He leído el editorial (05/07, “Una señal de alarma por la violencia en el tránsito “. Aprovecho este espacio para ampliarlo. No existe una definición unánime de “la ira al volante “, pero muchos investigadores de la conducta humana la describen como cualquier incidente en que un conductor se enfurece por la conducta de otro usuario de la vía pública y estalla en un episodio de rabia y cólera, que suele llevar a algún tipo de agresión (física, verbal, etc.). Los especialistas afirman que la violencia en el tránsito, producto de la intolerancia en la convivencia y las tensiones personales y sociales, puede ser causa de lesiones y muertes. Por ello resulta provechoso conocer algunos recursos para evitar ser víctimas de los conductores agresivos o en convertirse en uno de ellos. Hay tres principios que pueden ayudar: 1) No provocar: las provocaciones pueden ser por encierro, circular por el carril izquierdo impidiendo el paso, pegarse atrás no respetando la distancia y realizar gestos y palabras obscenas. 2) No engancharse con el conductor enojado: poner distancia, evitar las miradas agresivas o de burla y si es necesario pedir ayuda. 3) Ajuste en la actitud: olvidarse de ganar, por más que se tenga el derecho, ponerse en el lugar del otro intentando imaginar por qué conduce de ese modo. No tomemos las acciones del otro como algo personal. La conducción agresiva y violenta está en constante aumento en la vía pública, pero mientras no sea erradicada con educación en valores, podemos y debemos evitar ser víctimas de ella, conduciendo a la defensiva. La vida es muy importante para que sea dañada o se la pierda por conductores agresivos, que no saben controlar sus emociones mientras transitan con sus vehículos (conducir es una de las formas más difíciles de convivencia).
Juan Francisco Segura